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RSSUna presidencia rotatoria menguante: El difícil papel de España
Carme Carme Colomina,Investigadora Principal CIDOB, membre APEC
Una reflexión sobre los seis meses de presidencia española de la Unión Europea (UE) de los expertos del CIDOB concluye que los resultados se tienen que evaluar a más largo plazo. Así mismo que junto a las dificultades económicas y al nuevo sistema institucional, la Unión Europea (UE) no han encontrado su lugar en la escena internacional.
Aquests articles han estat publicats a les NOTES INTERNACIONALS DEL CIDOB el dia 17/10/2010.
En són autors, a més de Carme Colomina, Deniz Devrim, investigadora associada del CIDOB, Laia Mestres, investigadora del CIDOB i Eduard Soler i Lecha, Investigador principal del CIDOB
La mejor conclusión de la evaluación de la acción exterior
en la última presidencia española de la Unión Europea de
2010 es que no hay evaluación posible. Es decir, el ejercicio
gubernamental que prepara una agenda en relaciones internacionales
de la UE para la presidencia semestral, junto con
el análisis académico que evalúa sus avances cada seis meses
ha quedado obsoleto. La política exterior de la Unión Europea
ya no se construye semestralmente. Ya no tiene sentido
evaluarla con este tempo. La evaluación debe ser más a largo
plazo, seguramente siguiendo las legislaturas quinquenales
de la Comisión y el Parlamento. Además, el Tratado de
Lisboa no ha resuelto el sistema de representación exterior
única. La Unión Europea sigue inmersa en un debate interno
sobre la nueva jerarquía de poderes y en este contexto,
las nuevas presidencias semestrales, obligadas a viajar en 'el
asiento trasero' del coche, como lo definía un diplomático
belga, se han quedado sin la visibilidad y liderazgo político
que antes disfrutaron.
Para España el ejercicio de las presidencias semestrales había
representado, en las tres ocasiones anteriores, el momento
de máxima expresión de su europeísmo, así como la ocasión
para dar un impulso a las prioridades españolas en la agenda
europea. Ese mismo objetivo estuvo presente durante los
preparativos de la cuarta presidencia. José Luis Rodríguez
Zapatero anunció que el semestre español no sería un mero
trámite, sino que se planteaba como transformador y con una
agenda muy ambiciosa. Quizás demasiado para un país debilitado
ante sus socios europeos por los datos económicos,
que se encontró con una maquinaria institucional europea
aún por estrenar y con una Comisión Europea al ralentí durante
sus primeros meses.
La presidencia española de la UE no lo ha tenido fácil. El
ajuste al nuevo sistema institucional y las propias dificultades
de una Unión Europea, que sigue sin encontrar su lugar
en la nueva escena internacional, también han influido en el
último semestre europeo.
Es el momento de extraer las lecciones aprendidas en un semestre
marcado por tres retos acuciantes y no resueltos: las
limitaciones de la Unión Europea en la escena global, el proceso
de adaptación al nuevo sistema institucional y la necesidad
de que España revise sus objetivos en la Unión Europea.
Tres retos para un período de transición que ha cambiado el
rol y la visibilidad de las presidencias rotatorias de la UE y
obliga a revisar su agenda y objetivos en el nuevo esquema
institucional y político.
1
Introducción
La mejor conclusión de la evaluación de la acción exterior
en la última presidencia española de la Unión Europea de
2010 es que no hay evaluación posible. Es decir, el ejercicio
gubernamental que prepara una agenda en relaciones internacionales
de la UE para la presidencia semestral, junto con
el análisis académico que evalúa sus avances cada seis meses
ha quedado obsoleto. La política exterior de la Unión Europea
ya no se construye semestralmente. Ya no tiene sentido
evaluarla con este tempo. La evaluación debe ser más a largo
plazo, seguramente siguiendo las legislaturas quinquenales
de la Comisión y el Parlamento. Además, el Tratado de
Lisboa no ha resuelto el sistema de representación exterior
única. La Unión Europea sigue inmersa en un debate interno
sobre la nueva jerarquía de poderes y en este contexto,
las nuevas presidencias semestrales, obligadas a viajar en 'el
asiento trasero' del coche, como lo definía un diplomático
belga, se han quedado sin la visibilidad y liderazgo político
que antes disfrutaron.
Para España el ejercicio de las presidencias semestrales había
representado, en las tres ocasiones anteriores, el momento
de máxima expresión de su europeísmo, así como la ocasión
para dar un impulso a las prioridades españolas en la agenda
europea. Ese mismo objetivo estuvo presente durante los
preparativos de la cuarta presidencia. José Luis Rodríguez
Zapatero anunció que el semestre español no sería un mero
trámite, sino que se planteaba como transformador y con una
agenda muy ambiciosa. Quizás demasiado para un país debilitado
ante sus socios europeos por los datos económicos,
que se encontró con una maquinaria institucional europea
aún por estrenar y con una Comisión Europea al ralentí durante
sus primeros meses.
La presidencia española de la UE no lo ha tenido fácil. El
ajuste al nuevo sistema institucional y las propias dificultades
de una Unión Europea, que sigue sin encontrar su lugar
en la nueva escena internacional, también han influido en el
último semestre europeo.
Es el momento de extraer las lecciones aprendidas en un semestre
marcado por tres retos acuciantes y no resueltos: las
limitaciones de la Unión Europea en la escena global, el proceso
de adaptación al nuevo sistema institucional y la necesidad
de que España revise sus objetivos en la Unión Europea.
Tres retos para un período de transición que ha cambiado el
rol y la visibilidad de las presidencias rotatorias de la UE y
obliga a revisar su agenda y objetivos en el nuevo esquema
institucional y político.
UNA PRESIDENCIA ROTATORIA
MENGUANTE:
El difícil papel de España
Carme Colomina Investigadora Principal CIDOB
Deniz Devrim Investigadora Asociada CIDOB
Laia Mestres Investigadora CIDOB
Eduard Soler i Lecha Investigador Principal CIDOB
JULIO
2010
17
notes internacionals
CIDOB
CIDOB - Barcelona Centre for International Affairs
ISSN: 2013-4428
2 notes internacionals CIDOB 17 . JULIO 2010
Buscando el lugar de Europa en un mundo
multipolar
La Unión Europea pierde impronta en la escena internacional,
quizás por méritos propios pero sobre todo por el dinamismo
de nuevos actores emergentes. Hace veinticinco años,
cuando España se adhirió a las Comunidades Europeas, ni
Brasil ni la India ejercían como hoy un papel de liderazgo
global y China estaba lejos de poder compararse no ya con
Estados Unidos, sino incluso con la Unión Soviética. El sistema
internacional ha experimentado cambios que fuerzan a
todos y cada uno de sus componentes a adaptarse constantemente
a una nueva realidad en la cual el poder de todo tipo
' económico, político, cultural, etc. ' está en clara redistribución
hacia potencias emergentes.
En un lapso relativamente corto de tiempo la Unión Europea
ha visto cómo su influencia internacional ha quedado mermada
en dos terrenos de juego en los cuales, a priori, Europa
tiene grandes bazas por jugar: las negociaciones sobre el
cambio climático y los encuentros del G-20, pilar emergente
de una renovada gobernanza económica global. En ambos
casos, la UE ha hecho patente que no puede dar por descontada
su capacidad de determinar las grandes decisiones de
alcance global.
La cumbre del clima de Copenhague en diciembre de 2009
marcó el despertar europeo a la nueva realidad geopolítica.
Marginada por Estados Unidos y China del acuerdo sobre el
cambio climático, la Unión Europea presenció cómo la apartaban
de su gran ámbito de liderazgo mundial. Copenhague
evidenciaba la preponderancia del G-2, el nuevo eje transpacífico
fortalecido por la dependencia económica de los estadounidenses
ante al gigante asiático.
En el terreno económico, el G-20 se ha afianzado como un
nuevo directorio económico que ha dejado en un segundo
plano a un G-8 en el que el peso de la UE es mucho mayor.
Que de las 6 reuniones bilaterales que Barack Obama mantuvo
durante la reunión del G-20 en Toronto, el 25 y 26 de junio,
sólo una fuese con un mandatario europeo, David Cameron,
y que lo hiciera por cuestiones de política interna estadounidense,
es un hecho que invita a reflexionar. Meses antes, el
desplante de Barack Obama a la cumbre bilateral Unión Europea-
Estados Unidos, prevista para el mes de mayo y finalmente
aplazada hasta otoño, ya hizo saltar la señal de alarma
de que los europeos habían perdido su condición de socios
privilegiados de Estados Unidos.
Poco a poco y por la fuerza de los hechos, Europa empieza a
asumir que en este mundo multipolar es uno de esos polos,
pero no el más influyente ni desde luego el más cohesionado
Estamos ante una Unión que se despierta viendo cómo la actual
crisis financiera es capaz de amenazar la moneda única,
su éxito de integración política y económica más importante
de los tres últimos lustros junto a la ampliación. Durante los
últimos seis meses se ha recorrido el tortuoso camino para
la aprobación de los planes de rescate de Grecia y el debate
sobre la necesidad imperiosa de una mayor coordinación de
la política económica europea. Con ello se ha puesto en evidencia
que el difícil ensamblaje político, económico e institucional
entre los 27 miembros de la UE va más allá de la nueva
distribución de poderes diseñada por el Tratado de Lisboa.
El debate sobre los límites de la solidaridad entre los socios
europeos ha abierto unas heridas cuyas consecuencias aún
están por ver.
¿Puede una Europa todavía inadaptada a este nuevo orden
global ejercer liderazgo en política exterior? ¿Cómo conciliar
intereses genuinos con unas capacidades más limitadas? ¿Están
preparados los 27 para liderar en el Mediterráneo, para
contribuir a cambiar la situación en África o en América Latina
o para dar un salto cualitativo en sus relaciones con Rusia?
La Unión Europea sigue presentándose como un actor
global en sus objetivos pero tanto la nueva realidad mundial
como su propia definición institucional limitan hasta la fecha
sus resultados. Desde Haití
hasta Afganistán siguen llegando
voces que piden una
mayor implicación europea,
señal de que un proyecto
europeo plenamente vigente
tiene mucho que contribuir
al desarrollo y la estabilidad
global. En otras palabras, no
falla el proyecto, fallan los instrumentos y los medios puestos
a su servicio.
¿Quién dijo que Lisboa lo resolvía todo?
El ejercicio de esta presidencia rotatoria, la última preparada
con la maquinaria tradicional y la primera ejercida con
la instrumentación de Lisboa, revestía de cierta complejidad
organizativa. Cuando España tomó el relevo de la presidencia
sueca, sólo hacía un mes que Herman Van Rompuy había
ocupado el recién creado puesto de Presidente permanente
del Consejo Europeo y Catherine Ashton había sido nombrada
Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores
y Política de Seguridad. Sin embargo, el nuevo engranaje
institucional de la Unión Europea, que deja en un segundo
plano a las presidencias de turno, todavía necesitaría de unos
meses más para funcionar normalmente. Por este motivo, España
fue transfiriendo paulatinamente sus funciones a estos
nuevos actores, estableciendo con la práctica el nuevo modelo
de coordinación entre instituciones.
El Gobierno español declaró, ya antes del semestre de presidencia,
que apoyaría, con discreción y modestia, la labor del
Presidente permanente, subrayando de este modo que el Tratado
de Lisboa lo situaba por encima de las funciones de las
presidencias rotatorias. Ejemplo de ello fue la carta firmada
conjuntamente por José Luis Rodríguez Zapatero y Herman
Poco a poco y por la fuerza de los hechos, Europa
empieza a asumir que en este mundo multipolar es
uno de esos polos, pero no el más influyente ni el más
cohesionado
notes internacionals CIDOB 17 . JULIO 2010 3
Van Rompuy en la que intentaban contrarrestar la idea de
una posible rivalidad entre ellos.
En la práctica, y dado que la maquinaria europea todavía no
había alcanzado velocidad de crucero, se negociaron disposiciones
transitorias para la presidencia que garantizaban que el
día a día de las relaciones exteriores quedaba suficientemente
cubierto con una combinación de papeles entre las instituciones
comunitarias, y en particular los nuevos cargos, y la maquinaria
diplomática española. A la vez, con estos acuerdos
España lograba guardarse para sí un cierto protagonismo durante
el semestre en algunas materias de política exterior consideradas
clave. Aunque desde Moncloa y el Palacio de Santa
Cruz se reiteraba que la presidencia española jugaría un papel
secundario en el terreno de la política exterior ' y ésta ha sido,
ciertamente, la tónica general - se acordó mantener algunas
de las cumbres con otras regiones o países terceros que estaba
previsto organizar en territorio español. Como para cualquier
otro país, ser anfitrión de una cumbre multilateral otorga cierto
prestigio en la arena internacional y representa una oportunidad
única para acercar la UE a los ciudadanos. Así, estaba
previsto que Zapatero co-protagonizara, que no co-presidiera
debido a que ya era Van Rompuy quién ejercía el rol de representación,
las tres cumbres
previstas: la de la Unión con
América Latina y el Caribe
(y sus reuniones bilaterales
vinculadas), la finalmente
pospuesta Cumbre de la
Unión por el Mediterráneo
y la tan anhelada cumbre
con Estados Unidos. Los resultados
no fueron los esperados.
Si bien la política exterior había sido un ámbito tradicional
de proyección de las presidencias de turno, con el Tratado
de Lisboa plenamente en marcha, las funciones de iniciativa
y representación exterior de la UE han sido asumidas por
el Presidente permanente del Consejo Europeo y por la Alta
Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.
Quizás es momento de subrayar la importancia de la
dimensión interna del trabajo de las presidencias semestrales
ya que sus ministros continuarán presidiendo todas las formaciones
del Consejo de Ministros exceptuando el de Asuntos
Exteriores así como el Presidente del Gobierno del estado
miembro continuará compareciendo ante el Parlamento Europeo
al principio y al final del semestre. Una cita que podría
aprovechar cada país para marcar liderazgo político en el
proceso de integración europea. El nuevo papel de la presidencia
rotatoria determina nuevos objetivos semestrales que
serán cada vez menos relevantes en ámbitos de las relaciones
internacionales de la UE, con algunas excepciones como los
desarrollos institucionales (en particular en materia de defensa)
o algunas materias como la política de ampliación.
Otra de las novedades en relación con anteriores presidencias
españolas ha sido el trabajo conjunto del llamado trío de
presidencias. España, junto a Bélgica y Hungría, presentaron
un trabajo conjunto y establecieron mecanismos de coordinación.
A pesar de la visibilidad que desde España se quiso
dar a esta nueva metodología, el propio trío asumió el rol
secundario que se había autoimpuesto el ejercicio de la presidencia
rotatoria, dando lugar a un trabajo técnico invisible,
aunque útil para la continuidad de la gestión europea. Con
todo, surgen ciertas dudas sobre la utilidad de este nuevo
instrumento de coordinación a tres justo en el momento que
otras instituciones como los nuevos cargos nominales están
asumiendo las funciones de agenda-setters. No sería extraño
que al final, sea otro trío, el formado por el Presidente del
Consejo, el de la Comisión y la Presidencia rotatoria quien
consolide ante la opinión pública la imagen de terceto director
de la UE, y máxime en materia de acción exterior donde
la continuidad es un valor importantísimo.
Una reforma institucional del calado del Tratado de Lisboa
requiere de tiempo para ir asentando sus bases. Han sido duras
las criticas que han recibido durante los primeros meses
de funcionamiento tanto la Alta Representante (por priorizar
el diseño del nuevo Servicio Europeo de Acción Exterior)
como el Presidente del Consejo Europeo (por no saber liderar
los debates sobre la crisis económica). Ciertamente, no lo han
tenido fácil. El Tratado de Lisboa fijaba para estos nuevos cargos
las grandes líneas de orientación pero ha dejado para el
rodaje práctico de sus nuevas responsabilidades, la operacionalización
y el ajuste con la presidencia de turno. Como se
irá viendo con los próximos mandatos semestrales, las presidencias
de turno han perdido el relieve político y el protagonismo
mediático que tenían en su función de representación
exterior. Todo ello, sin reducir, y hasta aumentando, la carga
administrativa de organización de múltiples reuniones de todas
las formaciones del Consejo que quedan en sus manos.
Demasiados costes para tan poca visibilidad.
Los límites de una presidencia en tiempos de crisis
Más allá de los problemas estructurales de la propia Unión
Europea, ya sea en clave de peso específico en la escena global
o en laberintos y transiciones institucionales, España se
ha topado con una serie de dificultades específicas. Seguramente
la principal es lo que podríamos calificar como una
España abrumada en una Europa ensimismada. Una España
con tasas de desempleo y déficit superiores a la media europea,
con una economía que ha sufrido como pocas el desplome
de la construcción y con un escenario político marcado
por la confrontación permanente entre las principales fuerzas
políticas, ha tenido que articular una respuesta europea para
contrarrestar los movimientos especulativos sobre el euro y
la deuda soberana. Que la economía y la salida a la crisis iban
a ser uno de los ejes de la Presidencia estaba claro desde el
principio. Lo que no entraba en los planes del Gobierno español
es que se tuviera que hacer frente a amenazas sistémicas
y que resultara tan difícil y tan lento trabar consensos entre
los 27 para mitigar los efectos de las turbulencias financieras.
Por lo tanto, aunque el Programa de Presidencia identificara
El nuevo papel de la presidencia rotatoria determina
nuevos objetivos semestrales que serán cada vez
menos relevantes en ámbitos de las relaciones
internacionales de la UE
4 notes internacionals CIDOB 17 . JULIO 2010
como uno de los cuatro ejes de trabajo el hacer de Europa un
actor global, responsable y solidario, la virulencia del escenario
económico ha relegado a un segundo plano el resto de
prioridades y, especialmente, la política exterior.
Aun así España no renunció a una agenda internacional que
articuló partiendo de unos objetivos convencionales para
una Europa y un mundo que, como ya se ha subrayado, han
cambiado sustancialmente. Todo ello lleva a preguntarse hacia
dónde proyectar la política exterior, con quién, de qué forma
y con qué resultados. Si empezamos por el primer punto
es útil recordar que el ministro Miguel Ángel Moratinos, al
esbozar en sede parlamentaria las líneas maestras de la presidencia,
afirmó que ésta iba a tener un marcado acento euromediterráneo
y euroamericano. Sin embargo, a lo largo de
estos seis meses se ha podido comprobar que la articulación
de una agenda de política exterior inspirada en el tradicional
triángulo de la política exterior española (Europa, Mediterráneo,
América Latina) no encuentra ya encaje en un escenario
global mucho más poliédrico donde el peso de Asia aumenta
aceleradamente.
Además, se ha puesto de manifiesto que las prioridades tradicionales
de España han adquirido una dinámica propia, menos
dependiente del empuje de la presidencia rotatoria. El caso de
América Latina es especialmente llamativo. España, antes del
inicio del semestre, volvió a plantearse la Presidencia como
una ocasión para elevar a nivel europeo prioridades nacionales,
teniendo poco en cuenta el nuevo marco institucional. La
cumbre, o mejor dicho, la sucesión de cumbres con los países
latinoamericanos y caribeños en mayo en Madrid, supuso uno
de los puntos álgidos de esta Presidencia en política exterior.
Estas cumbres fueron capaces de dar resultados como el impulso
de la construcción de infraestructuras o a la contribución de
la sociedad civil a través de la asamblea eurolatinoamericana
EUROLAT y la creación de la Fundación eurolatinoamericana.
Cabe atribuir parte de los méritos a la labor de la Presidencia.
Pero los éxitos muestran también la capacidad de iniciativa de
los países de América Latina. Ejemplo de ello es la creación de
la Zona de Libre Comercio en América Central que es una demanda
de los países centroamericanos a la que la UE fue inicialmente
reticente, y que los gobiernos centroamericanos han
conseguido impulsar hacia adelante a pesar de gravísimas divergencias
alrededor de temas como la legitimidad democrática
del gobierno de Honduras.
Esta realidad contrasta con un escenario mediterráneo que
vio cómo se aplazaba la cumbre de la Unión por el Mediterráneo
prevista inicialmente en junio en Barcelona. Dado el
nivel de conflictividad en que se encuentra inmersa la región
y la inflexibilidad de algunos socios para hacer avanzar soluciones
a los conflictos regionales, poco podía hacer la Presidencia
para impulsar el diálogo y la integración multilateral.
Así pues, de la misma manera que la Presidencia española no
puede atribuirse todos los méritos en los avances de las relaciones
con América Latina, tampoco debe cargar con toda la
responsabilidad de los bloqueos de la agenda mediterránea.
A menudo, existe la tentación de evaluar los éxitos y fracasos
de una presidencia de turno en función del número y nivel
de las cumbres celebradas, de las fotos tomadas y de las sedes
que se obtienen. Esta tendencia se agudiza al hablar de
España, un país que ha visto las cumbres como una oportunidad
para ganar centralidad, a nivel europeo y a nivel global.
La cumbre de la UpM y la foto con Barack Obama en
Madrid apuntaban en esa dirección. El aplazamiento de estas
citas evidencia algo más: una
Unión Europea empeñada
en cumbres muy protocolarias
y poco resolutivas tiene
que cambiar de estrategia.
En otras palabras, debe dar
respuestas políticas y no
institucionales a los grandes
desafíos que sus socios le
plantean. Estos tropiezos deberían
llevar a los europeos
a clarificar su representación
exterior y adaptar sus expectativas a la nueva escena y los
nuevos retos mundiales, dándose cuenta de que Estados Unidos,
China, India o el mundo árabe sólo respetarán una Europa
fuerte, capaz de aportar soluciones eficaces y de articular
una voz propia a nivel global que permita reequilibrar este
nuevo juego de poderes.
Ni la UE ni mucho menos España pueden promover eficazmente
una agenda de política exterior sin contar con alianzas
sólidas con los actores de referencia en cada escenario
regional. Brasil y Turquía, por ejemplo, están adquiriendo
un liderazgo regional ineludible. Aquí España tal vez no
supo utilizar las relaciones bilaterales tejidas con habilidad
en años anteriores con ambos países para diseñar estrategias
conjuntas a nivel regional. De haberlo conseguido, probablemente
Brasil no hubiera amenazado, como lo hizo, con ausentarse
de la cumbre de Madrid si acudía Porfirio Lobo, el
presidente hondureño, o tal vez en Oriente Medio se hubiera
podido concertar con Ankara una posición común respecto a
Irán o Gaza.
La promoción de la agenda exterior durante este semestre
ha evidenciado también los límites de la actual política de
alianzas de España con los demás miembros de la UE. La intensidad
de la concertación con París no se ha correspondido,
necesariamente, con los resultados obtenidos, por ejemplo en
el marco de la UpM. La coordinación con Berlín en temas
internacionales no ha estado a la altura del peso específico de
este país. Los países del Este, por su lado, no han encontrado
en España un país suficientemente receptivo a sus preocupaciones.
La no-decisión sobre Cuba en el Consejo de Asuntos
Exteriores, en el que España se encontró en franca minoría en
la defensa de la revisión de la posición común, da un ejemplo
claro de los límites de la estrategia mantenida hasta hoy.
Estados Unidos, China, India o el mundo árabe sólo
respetarán una Europa fuerte, capaz de aportar
soluciones eficaces y de articular una voz propia a nivel
global que permita reequilibrar este nuevo juego de
poderes
notes internacionals CIDOB 17 . JULIO 2010 5
Los resultados de este semestre serán juzgados, como no
podía ser de otro modo, a la luz de las expectativas que se
generaron durante su preparación. España apostó por una
retórica de potencia media con proyección global, capaz
de liderar la Unión Europea y, a través de ello, aliviar el
desgaste del Gobierno en términos domésticos. Como tan a
menudo sucede en política exterior europea, esta aopuesta
resultó en una brecha entre aspiraciones declaradas y logros
realizados, un nuevo ejemplo del conocido como capabilityexpectations
gap del que adolece la política exterior de la UE
desde sus inicios.
Lecciones aprendidas
España ha cerrado una presidencia rotatoria de transición.
Lo ha sido en su rol de apoyo
al despliegue del nuevo
Tratado de Lisboa. Lo es su
evaluación a partir de unos
parámetros de objetivos semestrales
que han quedado
superados, especialmente
porque el liderazgo de la
agenda europea ya no se
ejerce desde unas capitales
que asumen temporalmente
la coordinación técnica
de la maquinaria europea,
sino desde Bruselas, especialmente
en materia de acción
exterior. La relación de
España y su ciudadanía con la Unión Europea también vive
su propia transición. El europeísmo vocacional de España
que tanto ha servido para los primeros veinte años dentro
de la Unión Europea, no basta para la edad adulta. El papel
de Europa en este mundo cambiante también está en proceso
de redefinición. Además, la crisis y el difícil consenso entre
los 27 estados miembros para luchar contra la especulación
financiera y aprobar nuevas medidas de coordinación económica
tampoco han ayudado a clarificar las nuevas jerarquías
comunitarias.
Es fácil atribuirle a la presidencia española muchos de los
males que aquejaron al papel internacional de la UE durante
el pasado semestre y a la vez criticarle por seguir ocupando
espacios que en el nuevo orden corresponderían a las instituciones
permanentes. A pesar de algunas disfunciones obvias
en la generación de expectativas en torno a las cumbres con
Estados Unidos y de la Unión por el Mediterráneo y, en casos
puntuales, al intentar hablar en nombre de la Unión como en
tiempos anteriores al Tratado de Lisboa por parte del ministro
Moratinos (en relación a Cuba y a Oriente Medio) y del
embajador español en Pekín, sería una simplificación injusta
atribuir todas las carencias al Gobierno español, ignorando
tanto los desajustes del nuevo sistema como los problemas
que tiene la UE para definir su papel en un entorno internacional
cambiante.
Muchos de los resultados positivos que las presidencias semestrales
puedan presentar a partir de ahora como suyos
serán en realidad producto del trabajo del resto de instituciones
europeas, principalmente de la Comisión Europea, pero
también del Parlamento Europeo, el Presidente del Consejo
Europeo o la maquinaria de la Alta Representante. Los estados
miembros deben empezar a comprender que su capacidad
de influencia, especialmente en política exterior, no pasa
ya por las presidencias rotatorias y que deben encontrarse
vías más permanentes de trabajo con la Comisión y con grupos
de estados miembros de ideas afines para impulsar las
agendas de interés de cada uno. La revisión de estos objetivos
de la agenda internacional no debe eclipsar, sin embargo,
la importancia que siguen teniendo estas presidencias rotatorias
en la coordinación de los trabajos del Consejo de ministros
para el buen funcionamiento del engranaje europeo.
Un trabajo que merece un reconocimiento y visibilidad que
de momento no parece bien resuelto ni aceptado por las instituciones
europeas.
La experiencia española puede ser útil para próximas presidencias.
Tal como hemos argumentado, la política exterior ya
no podrá ser una de las prioridades de la agenda semestral
de las presidencias; sin embargo, la política europea sí debe
seguir siendo su eje central. Las presidencias rotatorias ya
han cedido su parte en la representación exterior. Ahora se
trata de dar un paso más. La voz de José Luis Rodríguez Zapatero
como presidente rotatorio apenas fue oída en los pasados
seis meses en la acción internacional de la UE ' algo de
lo que no sólo deberían tomar nota los jefes de Gobierno de
las próximas presidencias rotatorias, sino también el duetto
Herman Van Rompuy / José Manuel Durão Barroso. Como
apuntó hace sólo unos meses Pascal Lamy: 'ya no se trata de
hablar con una sola voz ante el mundo, sino de hacerlo con
una sola boca.'
Los estados miembros deben empezar a comprender
que su capacidad de influencia, especialmente en
política exterior, no pasa ya por las presidencias
rotatorias y que deben encontrarse vías más
permanentes de trabajo con la Comisión y con grupos
de estados miembros de ideas afines para impulsar las
agendas de interés de cada uno




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